Dirty

El creador vallisoletano Juan Domínguez presenta en #meetyou su nueva obra, Dirty, un proyecto que ha contado con el impulso de las residencias artísticas del Teatro Calderón de Valladolid. La pieza cuestiona la vieja costumbre occidental de creer que la vista es el único sentido fiable para entender la verdad, dejando de lado la importancia del oído y el tacto. En un momento actual dominado por las pantallas y la tecnología, donde el contacto físico es cada vez más escaso, esta propuesta busca recuperar la experiencia corporal directa. Juan Domínguez nos invita a conectar de nuevo con la materia y con los demás, utilizando el tacto y el sonido para romper la distancia que imponen las relaciones digitales y volver a sentirnos presentes. Planteada como una instalación participativa, la obra guía al público por un recorrido que une rostros de arcilla, un paisaje sonoro envolvente y el trabajo manual. Lejos de ser un espectáculo para observar pasivamente, Dirty propone una experiencia compartida donde los asistentes dejan de ser espectadores para convertirse en creadores. Al modelar la arcilla juntos, sin la presión de acabar una escultura perfecta, lo que cobra valor es el tiempo compartido y el propio proceso de hacer. Así, la obra crea un espacio de encuentro pausado y humano, donde lo importante no es fabricar un objeto, sino lo que sucede entre los cuerpos mientras escuchan y tocan.

Con el apoyo de las Residencias artísticas Horizontes del Teatro Calderón de Valladolid

ALUSINASONS

ALUSINASONS es una oda disruptiva al mundo festivo y al imaginario que lo acompaña: un concierto instalativo donde un personaje se ve dominado y arrastrado por lógicas alcohólicas delirantes y caricaturescas. Encallado frenéticamente en el jolgorio, el artista se desdobla en su alter ego, jaujeje, un cantante amateur que aprovecha para presentar su primer álbum de música electrónica, con canciones costumbristas, cómicas y metafóricas. El show deriva rápidamente hacia un botellón imaginativo y paródico que colecciona y expone bromas musicales, objetuales, lingüísticas, audiovisuales, plásticas y performativas. Una experiencia ingeniosa donde los márgenes del standup y del concierto convencional se desbordan para destapar un estilo de humor inocente, incierto y frágil. Tonto quién lo escuche

Una obra de arte universal

Hay que volver a Stephen Hawking para acotar puntos sobre las grandes preguntas.

El científico británico siempre pensó que el Universo se creó de la nada. Nunca le convenció la idea de invocar a Dios como el ser que encendió la mecha y lo creó todo. Las creaciones artísticas nunca parten de la nada. Los creadores saben que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, son universos inventados, tamizados de experiencias humanas.

De ahí surge la mecha que lo enciende todo. La tecnología y la ciencia pueden salvar muchas vidas, pero sólo la imaginación puede darle un significado a nuestra existencia.

Y, cada vez más indistinguible de la magia, los avances aplicados a las manifestaciones artísticas, en especial al mundo audiovisual, han venido en su ayuda para borrar cualquier límite a los mundos que podamos imaginar y hacer llegar a los demás. Desde los superhéroes del cómic que nos protegen de enemigos estelares con sus superpoderes a los disruptivos argumentos de la ciencia ficción, se imponen las llamadas leyes de Clarke (2001: una odisea del espacio): «el único modo de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más, hacia lo imposible».

¿Y si nos mudamos del planeta?

El Universo y sus millones de galaxias tiene que ser un hervidero de vida. Eso es seguro. ¿Cómo no va a haber vida ahí fuera con tantos cientos de miles de millones de planetas? Pero aquí seguimos, solos. Por nuestra propia experiencia sabemos que la vida, avanzada y con algo de inteligencia, ha sido posible gracias a un cúmulo enorme de accidentes y casualidades.

En realidad solo existen dos posibilidades: que estemos solos flotando en el espacio o que otros nos acompañen. ¿No son ambas opciones aterradoras? La ciencia ficción nos ha confrontado con todo tipo de vecinos galácticos. Unos amables como E.T., otros gamberros como los marcianos de gatillo fácil de Tim Burton…

En esto hay asentimiento colectivo: el descubrimiento de vida extraterrestre sería el hallazgo científico más importante de la historia. Además pondría a prueba las capacidades empáticas de la condición humana. Si las trincheras polarizadas se imponen en nuestras sociedades, resulta dudoso que seamos capaces de poneros en los zapatos del alienígena. Hay que regresar a la socarronería cósmica de Stephen Hakwing, que nos advirtió del riesgo de comunicarse con los extraterrestres. «Si deciden visitarnos, el resultado podría ser similar a lo ocurrido cuando los europeos llegaron a América, un asunto que no acabó muy bien para los nativos».

Ciencia y creencia ¿son compatibles?

Dios como materia del espíritu, frente al mundo como campo de la física. La vinculación de Dios con la razón tiene mil años en los templos del saber monacales.

Pero eso aún no ha despejado las incógnitas. A principios del siglo XX los científicos empezaron a negar abiertamente la existencia de Dios para hacer prevalecer los avances racionales. Hoy, con un cuarto del siglo XXI ya gastado, surgen investigadores que exhiben la física cuántica y los descubrimientos casi alucinógenos sobre la textura de la materia para sostener que sólo Dios pudo hacer algo así.

Teorías cartesianas sobre un ser infinito, eterno, perfecto e inmutable. ¿Se puede defender que Dios existe con argumentos científicos? No parece que tenga mucho recorrido. Tampoco lo contrario: la ciencia nunca podrá demostrar que Dios no existe. Nunca hubo tanta crisis de desinformación colectiva y capacidad de manipulación. Las ‘fake news’ esculpen para muchos las nuevas tablas de la ley. Mientras seguimos tratando de responder a la pregunta de todas las preguntas, avanzan nuevas formas de terraplanismo religioso.

Como la piedra de Sísifo, la existencia de Dios sigue cargando la mochila sobre nuestras espaldas.

Su afirmación como sanación de nuestro miedo al abismo de la nada. O su negación como un peso que nos quitamos de encima en un mundo dominado por la dictadura cada vez más irracional y manipuladora de las tecnologías. Dios es todo. Morirse es la nada. Y, en medio, los humanos buscando algo a lo que agarrarse.

Universos dentro del universo

A pesar de que hemos logrado medir todas las dimensiones dentro del contenedor terráqueo, en su interior habitan otros universos de los que nos quedan tantas incógnitas por despejar como las del gran espacio estelar. El vértigo de la exploración sideral no tiene porqué ser mayor que la claustrofobia que provoca una cueva que serpentea sus kilométricas oquedades bajo las entrañas de la Tierra. ¿Qué nos hace sentir más vulnerables, la ingravidez liberadora de la atmósfera o la presión de las ‘atmósferas’ de las fosas marinas bajo ocho kilómetros de océano?

Si nos fijamos bien, hay pocas diferencias entre una cápsula de alunizaje lunar y un batiscafo del tamaño de un pequeño cachalote que se adentra en las Marianas, donde la luz es otra forma de agujero negro. Al igual que en el espacio, buscamos en esos fondos marinos rastros de vida que nos expliquen cómo hemos llegado hasta aquí.

Poner el pie en el subsuelo marino es un reto del tamaño de hacerlo sobre el polvo lunar. Es otro viaje al centro de la Tierra y sus profundidades. La llamada del abismo a la que siempre hemos respondido los humanos. Retos que hay que compaginar con la influencia silenciosa de un clima cambiante que ha condicionado la historia y que asoma con nuevos e imprevisibles retos derivados de la propia acción humana.

El fin del mundo

Cada poco tiempo nos asaltan los noticieros con la presencia del viaje atolondrado de un pedrusco espacial que podría impactar con la Tierra y provocar su desaparición. Si algo así pudo acabar con los grandes saurios, ¿por qué no iban a sufrir su misma suerte los humanos? Y, si no, siempre nos queda la trayectoria de colisión de la galaxia de Andrómeda, la que tiene más papeletas para hacernos papilla… aunque habrá que tener paciencia: faltan unos cuatro mil millones de años.

La única certeza es que el Sol, como toda estrella, seguirá agotando los combustibles de su gran caldera, la quema de energía que mantiene confortable (cada vez menos) nuestra ‘pachamama’. La Tierra. Sólo necesitará un segundo para desaparecer lo que necesitó millones de años en florecer. Los científicos dicen que más que un final, será una simple transformación de materia, aunque eso no nos da consuelo como especie.

Einstein puso en duda la finitud del universo frente a la estupidez humana, cuyos límites no dejan de crecer. Uno de sus herederos, Stephen Hawking, no cree que sobrevivamos más de mil años, a menos que «nos propaguemos» por ahí.

La ciencia ficción ha explotado hasta la saciedad el mito destructor del ‘Armagedon’. Pero ni siquiera Bruce Willis podrá venir al rescate si seguimos por esta deriva de hacerle el trabajo sucio al desgaste natural del globo terráqueo. Y tampoco parece que sea fácil ni factible en un futuro cercano conseguir un pasaje ‘low cost’ para huir hacia otro globo habitable.

El universo interior

«Lo siento Dave, me temo que no puedo hacer eso». HAL 9000 fue la primera computadora que dijo ‘no’ a las órdenes humanas. El aviso que nos lanzó Stanley Kubrick en el celuloide ya asoma hoy como un futuro riesgo. ¿Cuánto tardará la IA en respondernos así? ¿Qué distancia hay entre HAL 9000 y Alexia, Siri y otros ‘chatbots’ de nuestro día a día? Para establecer una colaboración sana humano-máquina tendremos que acabar de conocer aún el objeto más complejo del universo: nuestro cerebro. Una masa viscosa de apenas un kilo y medio de peso y que sólo necesita 20 vatios para funcionar.

No sabemos hasta dónde llegan sus capacidades pero sus 1.300 centímetros cúbicos y sus miles de millones de neuronas han sabido crear máquinas que ya superan sus propios límites de cálculo. Ningún geógrafo mejora a Google Maps, ni hay políglota que domine tantos idiomas como un buen translator digital…

Con nuestro universo nos pasa lo mismo. Hasta hace unas décadas no lo distinguíamos de una galaxia (hay millones de ellas). Pero no todo son átomos y moléculas. El 70% no es ni materia.

Energía del vacío, materia oscura… definiciones para una ignorancia que conecta nuestras carencias sobre estos dos desconocidos, lejos aún de ser abarcables, pero que atesoran las respuestas a preguntas que llevamos siglos haciéndonos. Al ‘conócete a ti mismo’ de los griegos aún le falta mucho para entender en qué momento esa masa viscosa llena de cables naturales genera una conciencia propia. La misma que seguirá buscando respuestas a las dimensiones de lo que está ahí afuera.

¿Existe el espacio tiempo?

Enemigo de que la realidad cósmica sea aleatoria, Einstein nos convenció de que Dios no juega a los dados con el Universo. ¿Podría ayudarnos una partida de ajedrez a explicarlo mejor con sus acotadas reglas pero de combinaciones casi infinitas? Dicen los expertos que, cada vez que movemos una pieza, las posibilidades combinatorias se expanden hasta superar los átomos del universo conocido.

También el tiempo y el espacio hace mucho que se alejaron de las estrecheces deterministas para estirarse y encogerse como una goma elástica que atraviesa y conecta todo. La conquista de la ingravidez nos permitió confirmar que un astronauta metido en un cubículo durante meses en una órbita extraterrestre regresa a la Tierra con su DNI biológico alterado. De igual manera, si viajáramos hacia atrás en el tiempo, hasta donde pudiéramos imaginar, llegaría un momento en que todo el Universo cabría en el interior de una cáscara de nuez. Sorprendente si pensamos que la información que nos envía Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, tarda cuatro años y tres meses en llegarnos. Dominados por la relatividad general de todo, nuestras formas de medir el espacio y el tiempo deben ser cuestionadas a cada paso.

El sueño de vivir eternamente

No dejamos de buscar los confines del universo, pero los de la vida humana acumulan ya similares preguntas existenciales. ¿Dónde está su límite? ¿Realmente el primer inmortal ya ha nacido, como pronostica algún genetista? La pandemia de covid-19 situó los modelos de supervivencia frente a su primer gran ‘agujero negro’, lo que alteró certezas y seguridades.
La lucha por vivir más nos está llevando a un invierno vegetativo. Cuanto antes asumamos que somos una especie que va camino de una cuarta edad colectiva, antes se podrán afrontar los nuevos retos de salud, bienestar y cuidados. Ese envejecimiento coral es tan irreversible como el del universo.
¿Seguro? Los primeros ‘ciborgs’ ya asoman a las redes. Aquello de ‘se me acaba la batería’ (referido a nuestro móvil) se podrá aplicar en breve a nuestro propio físico. En lugar de comer carne, ¿tomaremos pastillas de litio? El transhumanismo ya ha abierto su caja de Pandora con innumerables retos morales, éticos y prácticos. Cuando la gente le pedía a Ray Bradbury (Fahrenheit451) que predijera el futuro, se defendía diciendo que «sólo trato de prevenirlo».